Artículos Técnica Alexander en el deporte


Aprende a usarte a ti mismo

Ya es hora de que dejes de maltratar a tu cuerpo porque no sabes usarlo bien. Te vamos a enseñar a estirarlo desde la mente para cambiar los malos hábitos. Con sólo un cuarto de hora después del entrenamiento vas a mejorar tu rendimiento y a encontar tu equilibrio corporal. Y todo gracias a Alexander.

Muchas veces nos esforzamos para mejorar el rendimiento en nuestro deporte favorito. La “cultura del esfuerzo para lograr nuestra meta” está completamente instalada en nuestra sociedad. Sin embargo, a menudo este sobreesfuerzo nos causa problemas e incluso lesiones. Nuestro cuerpo nos pone un límite, y si no lo escuchamos con atención nos producimos lesiones que podríamos haber evitado de haberle hecho caso. Llega un punto donde el cuerpo nos advierte: o paras tú, o te paro yo.

La Técnica Alexander actúa sobre estos dos puntales del deportista desde una perspectiva completamente diferente: actúa desde la “relajación en la acción”, con lo que se mejora el rendimiento y reeduca al deportista para prevenir las lesiones provocadas por la falta de atención al propio organismo.

¡Echa el freno!

Cuando nos movemos, ya sea en la vida diaria o haciendo deporte, raras veces prestamos atención a lo que estamos haciendo con nuestro propio cuerpo. Queremos llegar a la meta, cumplir con nuestra obligación, hacer lo que se nos ha pedido o lo que queremos hacer, pero no ponemos atención a cómo hacemos lo que hacemos, es decir, a cómo usamos nuestro cuerpo cuando desarrollamos cualquier actividad. Imaginemos que estamos conduciendo un coche pero sin darnos cuenta estamos pisando el freno. Naturalmente el coche avanzará, pero a costa de un desgaste muy grande y a mucha menos velocidad de la que podría ir si no pisáramos el freno. Esto es lo que a menudo hacemos con nosotros mismos. Sin darnos cuenta estamos ejerciendo presiones sobre las articulaciones que “frenan” nuestro movimiento. A la larga el cuerpo no rinde lo que podría, se “desgasta”, padecemos dolores, y hasta nos llega a producir lesiones. Muchas veces estamos tan acostumbrados a ejercer estas presiones y frenos que ni nos damos cuenta, y a no ser que alguien nos haga conscientes de ello, no percibimos que están ahí, interfiriendo en nuestro movimiento, o dicho más técnicamente: interfiriendo en el “uso que hacemos de nosotros mismos”. La pregunta es obvia: ¿cómo puedo dejar de presionar mi cuerpo si no noto tan siquiera que lo hago?

Busca el equilibrio

Últimamente, en las competiciones de atletismo se ha observado un cambio de estilo entre los corredores. Antiguamente al correr se tendía a hacer caer el cuerpo hacia delante en aras de alcanzar mayor velocidad. Se pensaba que al desequilibrar el cuerpo la velocidad sería mayor, puesto que se avanzaba y caía al mismo tiempo. Sin embargo, ahora se tiende a dejar el cuerpo vertical y mover brazos y piernas a la máxima velocidad. Los atletas y entrenadores se han dado cuenta de que justamente ese desequilibrio les hacía perder centésimas de segundo, tiempo suficiente para ganar o perder una carrera o alcanzar un récord. No es de extrañar. Si para correr desequilibramos el cuerpo le estamos haciendo trabajar el doble: por una parte tenemos que parar el impacto de la caída hacia delante y por la otra tenemos que correr, es decir, hacemos fuerza para no caer además de la que necesitamos para correr. Es una pérdida de energía vital para cualquier corredor.

Imaginemos la torre de Pisa. Es un edificio que está inclinado. Si no se hubieran instalado los cables que la sustentan, posiblemente ya se hubiera desplomado. Pensemos ahora en nuestro cuerpo: si por ejemplo, tenemos el hábito de hacerlo caer hacia delante tenemos que usar la musculatura para evitar caernos. Nuestro organismo tiene capacidad suficiente para aguantar esa estructura que se está cayendo, pero si no nos equilibramos, van pasando los días, las semanas y los años y poco a poco toda esa musculatura se empieza a agarrotar. El cuerpo nos empieza a advertir que algo anda mal, a veces con dolores de espalda o cuello, a veces con dolores en las articulaciones. Si no restablecemos el equilibrio, a la larga, podemos padecer problemas articulares, musculares, de respiración e incluso coronarios, puesto que el aporte de oxígeno a la sangre es vital, y si respiramos poco aire el corazón tiene que latir más para suministrar el oxígeno necesario a los tejidos, con lo cual lo forzamos demasiado por lo que podríamos tener problemas... El rendimiento en nuestro trabajo disminuye, nuestro humor cambia y todo empieza a torcerse... ¡Incluso el cuerpo!

Fragmento del artículo "Aprende a usarte a ti mismo", publicado en Sport Life